El lago está sembrado de pequeñas aldeas. Algunas son construidas en las orillas pero otras sobre el mismo lago. No se arman como casas flotantes, se apoyan en pilotes y se conectan entre si solo a canoa. A pedido, el chofer de la lancha las marca en el mapa y las recorre. Pequeñas, de aspecto sencillo y con marcada escases mercantil, solo se ven pocos negocios. Con las dificultades propias de la conjunción de modernidad y pobreza, y todavía nucleadas a partir de alguna etnía algunas mantienen todavía rasgos particulares. En una de las que están sobre la costa las familias trabajan la arcilla. Causa impresión ese caserío lleno de alfareros a casi dos horas de lancha. No hay nada mas que vasijas, platos o todo lo que la rueda girando permita hacer. No hay negocios, simplemente gente trabajando en su casa a la cual invitan a ver y por supuesto a comprar. Es tan irrisorio el valor que da vergüenza pagar. Otras trabajan la plata o el telar, estos un poco mas organizados arman pequeñas cooperativas y venden lo producido en Yangon o reciben los pocos turistas que, recorriendo en lancha el lago, se detienen tentados por el chofer por un simple y engañoso “te”.
Pero el lago vive, y lo que es un páramo poco habitado, sin negocios y todavía afortunadamente no pensado para turistas, se transforma cuando hay mercado.
El mercado es rotativo, hay todos los días pero va rotando de acuerdo a un cronograma que entre las distintas aldeas, mas grandes o mas chicas, van armando mensualmente. Puede ser flotante sobre el lago o en la costa. Ahí está lo básico, cada uno ofrece lo que produce o lo que revende. Y tiene todo el aspecto de ser un acontecimiento social importante. No hay estructuras, ni mesas. Simplemente un prolijo techo armado con madera y paja que, en las lluvias monzónicas evitará que se empapen. En algunos, pequeños pasillos se ordenan por rubro. Ropa, verdura, legumbres, dulces, suvenires; en otros se ordenen a medida que llegan y formando zigzagueantes senderos. Todos miran y sonríen como no entendiendo mi presencia allí. Es una experiencia de color, por el abanico de atuendos de las diferentes etnias que se pueden ver. No es una ropa para la ocasión, es la que usan diariamente; lo particular se da en el hecho que las aldeas se organizan por grupo étnico y cada grupo tiene colores marcadamente diferentes de los otros por lo cual solo aquí pueden verse las diferencias en especial en sus contrastes.
En la sucesión del días las caras de algunos comerciantes se repiten, incluso me avisan donde será el encuentro al día siguiente, esperando supongo, una nueva venta. Pasado el mediodía, armando lentamente sus bolsas de productos, todos se van yendo.