El lago es quien lo habita. En las sencillas canoas, angostas y casi chatas empujadas a remo, sonrientes y acalorados birmanos con sus sombreros cónicos de bambú dan vida al espacio. Viven en casas asentadas sobre pilotes conectadas entre si por el agua y sus botes. El lago está sembrado de pequeñas aldeas; al pasar, algunos se acercan por curiosidad o para ofrecer algún coco fresco. Un poco alejados, solitarios pescadores con su particular técnica de remo le dan movimiento al espacio. En la villas acuáticas un ancho canal principal aloja cada semana al mercado flotante para que desde sus pequeños botes vendan sus productos para comprar otros. No faltan los monasterios: muy antiguos, de madera oscura, con su monje a cargo y sus niños novicios que se divierten, juegan y estudian. Cada parada es un té y asombro. Todo parece detenido el tiempo, en la escenografía: un conjunto de sonrientes Budas, fotos de los monjes, la mesa con el te y un calendario de madera que consta de tres líneas paralelas de orificios donde marcan con pequeños palillos los diás, que hasta donde pude entender es regido por el calendario lunar. En tierra pequeñas villas imprimen al lago otro rito. Mas bullicioso, con su escuela su pagoda y mas vendedores que al paso insisten e insisten con sus recuerdos birmanos. En tierra el mercado, centro social rota al igual que en el agua, cada día de la semana entre los diferentes puntos geográficos costeros para que todos tengan acceso lo necesario. Está todos desde la anciana con supequeña montaña de cebollas o chiles a los profesionales del comercio con sus grandes bolsas de legumbres o tofu. Podrá ser por el calor o la costumbre, pero a las 12 empiezan a levantar sus mantas, primero la señora de los ajos luego los negocios mas completos. En una o dos horas el lugar quedará a vació a la espera del encuentro de la próxima semana. En el lago los pescadores con sus pequeñas redes comienzan desde temprano y no se van hasta la puesta del sol. Parados en un pie sobre sus canoas, golpean el agua con largos bambúes para luego arrojar la red. Un pie sobre la bote, el otro traba el remo y lo mueve para desplazarse en un ejercicio gimnástico y malabaristico mientras tira con sus manos la red. Con la caída del sol sus cuerpos delgados reflejan el cansancio del día de trabajo, están en el centro del lago y no se cuanto deberán remar si solo la lancha desde donde saco sus fotos tardará en llegar mas de una hora. A la noche y por dos dólares servirán ese pescado con una ensalada adobada con maní, otro pequeño plato de vaya uno a saber y el infaltable arroz. No se si desearles una lancha a motor, redes mecánicas o simplemente una buena pesca; la misma que hicieron sus abuelos y los abuelos de sus abuelos para que mantengan este lugar como es.
de la eterna escritura indescifrable cuyo libro es el tiempo. Quien se aleja de su casa ya ha vuelto. Nuestra vida es la senda futura y recorrida. Nada nos dice adiós. Nada nos deja. No te rindas.La ergástula es oscura. La firme trama es de incesante hierro, pero en algún recodo de tu encierro puede haber un descuido, una hendidura. El camino es fatal como la flecha pero en la grieta está Dios, que acecha. J. L Borges
Lago Inle
El lago es quien lo habita. En las sencillas canoas, angostas y casi chatas empujadas a remo, sonrientes y acalorados birmanos con sus sombreros cónicos de bambú dan vida al espacio. Viven en casas asentadas sobre pilotes conectadas entre si por el agua y sus botes. El lago está sembrado de pequeñas aldeas; al pasar, algunos se acercan por curiosidad o para ofrecer algún coco fresco. Un poco alejados, solitarios pescadores con su particular técnica de remo le dan movimiento al espacio. En la villas acuáticas un ancho canal principal aloja cada semana al mercado flotante para que desde sus pequeños botes vendan sus productos para comprar otros. No faltan los monasterios: muy antiguos, de madera oscura, con su monje a cargo y sus niños novicios que se divierten, juegan y estudian. Cada parada es un té y asombro. Todo parece detenido el tiempo, en la escenografía: un conjunto de sonrientes Budas, fotos de los monjes, la mesa con el te y un calendario de madera que consta de tres líneas paralelas de orificios donde marcan con pequeños palillos los diás, que hasta donde pude entender es regido por el calendario lunar. En tierra pequeñas villas imprimen al lago otro rito. Mas bullicioso, con su escuela su pagoda y mas vendedores que al paso insisten e insisten con sus recuerdos birmanos. En tierra el mercado, centro social rota al igual que en el agua, cada día de la semana entre los diferentes puntos geográficos costeros para que todos tengan acceso lo necesario. Está todos desde la anciana con supequeña montaña de cebollas o chiles a los profesionales del comercio con sus grandes bolsas de legumbres o tofu. Podrá ser por el calor o la costumbre, pero a las 12 empiezan a levantar sus mantas, primero la señora de los ajos luego los negocios mas completos. En una o dos horas el lugar quedará a vació a la espera del encuentro de la próxima semana. En el lago los pescadores con sus pequeñas redes comienzan desde temprano y no se van hasta la puesta del sol. Parados en un pie sobre sus canoas, golpean el agua con largos bambúes para luego arrojar la red. Un pie sobre la bote, el otro traba el remo y lo mueve para desplazarse en un ejercicio gimnástico y malabaristico mientras tira con sus manos la red. Con la caída del sol sus cuerpos delgados reflejan el cansancio del día de trabajo, están en el centro del lago y no se cuanto deberán remar si solo la lancha desde donde saco sus fotos tardará en llegar mas de una hora. A la noche y por dos dólares servirán ese pescado con una ensalada adobada con maní, otro pequeño plato de vaya uno a saber y el infaltable arroz. No se si desearles una lancha a motor, redes mecánicas o simplemente una buena pesca; la misma que hicieron sus abuelos y los abuelos de sus abuelos para que mantengan este lugar como es.